Dr. Evidence & Mr. Marketing

Tal como hizo notar hace poco más de una semana el Ministro de Salud (develando algo así como un secreto a voces), la Medicina de nuestros tiempos adolece de una profunda disociación. Mientras en el discurso domina la así llamada Medicina Basada en Evidencia, la que predomina en la práctica parece ser más bien una Medicina Basada en el Marketing. Así lo demuestran –entre otras cosas– las altas tasas de prescripción de las más recientes novedades farmacéuticas: medicamentos que, pese al atractivo halo de «lo último» y a sus altos precios, cuentan –en la gran mayoría de los casos– con escasa o nula evidencia de tener alguna ventaja significativa sobre fármacos más antiguos (fármacos cuyos efectos a largo plazo están más claramente establecidos, y que se encuentran disponibles en versión genérica o “similar” a una fracción del costo). Estas auténticas pseudoinnovaciones son conocidas como medicamentos «me-too» (ej: cantidades de nuevas estatinas, antidepresivos, triptanes, antihipertensivos, antiinflamatorios, etc.) y constituyen actualmente la mayor parte de la producción de la industria farmacéutica de investigación, la cual en todo caso –sepa usted, por si aún no lo sabe– gasta anualmente en marketing aproximadamente el doble de lo que invierte en investigación.

Parece claro que tras el melódico mantra de la «medicina basada en evidencia», una proporción considerable de las decisiones diagnósticas y terapéuticas se apoya hoy en día en información sesgada (o peor, en motivos que no pertenecen al ámbito de la información, y mucho menos de la evidencia). Esto no sólo es el resultado del excesivo control que la industria farmacéutica ha llegado a tener sobre la investigación clínica y sobre la interpretación y divulgación de sus resultados, sino también de que los médicos hayamos decidido encomendar a los departamentos de marketing de las compañías productoras de tratamientos la delicada tarea de «educarnos» y mantenernos al día acerca de sus nuevos productos y de la eficacia, seguridad y tolerabilidad de los mismos.

Y cuando hablamos de marketing –entiéndase bien– no sólo estamos hablando de avisos publicitarios, visitas de vendedores, lápices desechables y muestras «gratis» (todos instrumentos frente a los cuales la inmensa mayoría de los médicos alega cándidamente inmunidad, pese a la apabullante evidencia –por si hiciera falta– que demuestra lo contrario). Hablamos más bien –y más ampliamente– de una verdadera colonización de la mayor parte de las fuentes e instancias educativas de la profesión médica. Los intereses, las influencias y el dinero de la industria farmacéutica y de dispositivos médicos han penetrado con efectividad asombrosa –y sin que se derrame una gota– gran parte de la literatura médica, la mayoría de los canales de educación continua, las agendas de las sociedades científicas, las recomendaciones de expertos y «líderes de opinión», las demandas de las agrupaciones de pacientes y –finalmente– el más delicado instrumento de trabajo del médico: su juicio clínico.

Ya lo advirtió hace tiempo Marcia Angell (ex-editora del New England Journal of Medicine): los médicos que se dejan educar por la industria farmacéutica no sólo aprenden a ejercer una Medicina excesivamente orientada hacia la medicación, sino que además se convencen –sin evidencia suficiente– de que los nuevos medicamentos son mejores que los antiguos, y de que pueden usarse en una cantidad de condiciones en las cuales no han demostrado realmente su eficacia. El impacto sobre la calidad científica de las indicaciones y sobre los costos de los tratamientos indicados es, pues, inevitable.

Por el bien de una verdadera Medicina Basada en Evidencia, y para resguardo del juicio clínico y de la integridad del médico, resulta imprescindible separar de una buena vez el trigo de la paja, la evidencia del marketing, y las necesidades de los pacientes de nuestros intereses personales. Para tal efecto, no sólo debemos mantenernos informados a través de fuentes imparciales e independientes, sino también evitar tanto como se pueda el influjo de la propaganda, de las recomendaciones interesadas y de los incentivos a la prescripción, todos los cuales han demostrado un nivel de efectividad que refuta contundentemente cualquier ilusión de inmunidad.

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